EL VALLE DEL RÍO ARAGÓN: JACA Y SUS ALREDEDORES

 

Antonio M. Contreras Jiménez

 

Con la llegada del verano y las vacaciones, y a la hora de planificar las mismas, siempre tropezamos con el mismo dilema: playa o montaña. Desde hace varios años, por una serie de razones familiares tengo el dilema resuelto: veraneo en Jaca. Rutina que es hoy toda una pasión; y es que el Pirineo  seduce, atrapa, engancha como el más potente de los imanes.

Jaca es el prototipo de esa ciudad ideal que muchas veces soñamos: ni chica, ni grande; ni aburrida, ni demasiado bullanguera; con excelentes temperaturas, al menos en verano; buena red de comunicaciones, bien abastecida, buena gastronomía, multitud de posibilidades ecológico-deportivas, gente afable y una interesantísima vida cultural ¿quién da más? Aunque lo más importante de Jaca son sus alrededores. Epicentro de una bellísima zona del Pirineo Aragonés donde se suceden alternativamente una serie de cumbres imponentes y profundos valles, atravesados por impetuosos torrentes que sortean atropelladamente lo accidentado de un terreno en el que se respiran infinidad de aromas, cubierto por una vegetación multicolor que se despliega exultante.  Su privilegiada ubicación al comienzo del valle del río Aragón y su escasa distancia de Francia, permiten al vecino de Jaca disfrutar del esplendor  y la agreste belleza de 32 kilómetros de valle donde la naturaleza, la historia y el arte se alían para ofrecer ese espectáculo sublime que embriaga los sentidos y eleva el espíritu.

Para los amantes del esquí y los deportes de alta montaña, las estaciones de Astún y Candanchú ofrecen todo tipo de instalaciones y alojamientos turísticos junto a pistas de primera categoría coronadas por crestas como La Raca  o el circo de Rioseta. Puede practicarse la escalada en picos tan significativos como Aspe, Collarada o Anayet; el barranquismo en Aguaré o Chiniprés. El valle del Aragón ofrece también posibilidades para practicar piragüismo, parapente, equitación y pesca en los numerosos ibones de alta montaña o en muchos de los ríos de la comarca.

Quiero hacer especial énfasis en el senderismo, la actividad que desde hace unos años ha experimentado un desarrollo espectacular gracias al trabajo conjunto de la Agrupación de Guías de Alta Montaña y a la Asociación de Empresarios Turísticos del Alto Aragón. Entre ambos han conseguido llenar el vacío y saciar las ansias de naturaleza de quienes deciden pasar en este valle pirenaico sus vacaciones estivales . Las oficinas de Turismo de Canfranc y Candanchú organizan una serie de circuitos a pie para conocer a fondo valles como el de Izas, Ip, Canal Roya o Garcipollera; circos como los de Rioseta o Estiviellas; ascensos a mesetas como la de las Campas de Gabardito o cimas como las de Aspe , Anayet o Peña Oroel; también a ibones (lagos de alta montaña originados por el deshielo glacial) como los de Ayous, Anayet, Astún, Escalar, Ip o Estanés. En el curso de estas excursiones, un elenco de jóvenes y dinámicos guías de alta montaña, suelen orientar a los excursionistas con pinceladas informativas sobre la historia, la flora, y la fauna de los lugares  por los que se transita. Habiéndome convertido en fiel asistente a estas expediciones (casi todas de una jornada de duración), he disfrutado viendo en su hábitat natural a vacas, caballos, jabalíes, zorros, marmotas, lagartijas y algún que otro sarrio (especie protegida del Pirineo). He aprendido -a la vez- a discernir entre muchas de las especies de la flora pirenaica; cierto que no pude satisfacer la ilusión de ver un edelweis, la flor de la nieve, tal vez por ser un senderista de verano o por no haber subido suficientemente alto, pero he visto –en cambio-  árboles tan bonitos como el fresno, quejigo, avellano, boj o serval del cazador; arbustos como los que ofrecen frambuesas, fresas silvestres y endrinas; y algunas plantas tan interesantes como la digital o la belladona, famosas por sus propiedades alucinógenas y terapéuticas. La sabia combinación de deporte y ejercicio físico; descubrimiento de aromas ignorados y silencio; encuentro casual de monumentos megalíticos y pequeñas construcciones rurales; contemplación de la naturaleza no adulterada: montes, ríos, animales, plantas…Todo ello arrastra  a una especie de catarsis mística a la que no es ajeno ninguno de los asistentes a estas expediciones, a las que –dicho sea de paso- acude gente de todas las latitudes. Recuerdo a muchos andaluces, catalanes, gallegos y vascos con los que he compartido paseos y vivencias. Arriba , en las altas cumbres, las fronteras humanas se desvanecen y nos sentimos más unidos por lo realmente  trascendente; no en vano, y aunque suene a tópico, en lo alto de las montañas se está más cerca del cielo.

Los que acudan en verano al valle del río Aragón, aún tienen una posibilidad más de rentabilizar sus ratos de ocio, de disfrutar aprendiendo y conociendo gente de otros lugares, o simplemente de satisfacer inquietudes culturales o espirituales. El Camino de Santiago es el eje no sólo geográfico sino también social y cultural que transcurre junto al río Aragón y que entre Somport y Jaca tiene su primera etapa. Eje cargado de profundas connotaciones históricas, artísticas y culturales que transcurre por idílicos parajes, pasa sobre pintorescos puentes románicos y atraviesa bellos pueblos de montaña: Somport (“Summus Portus”) tiene el aliciente de ser una de las puertas de entrada del camino francés en España, una pequeña hornacina dedicada a la virgen del Pilar y el recuerdo de haber sido puesto fronterizo entre España y Francia. Astún y Candanchú tienen hoy un interés más deportivo que artístico al disponer de excelentes instalaciones y pistas de esquí para la práctica de este deporte. Muy cerca quedan las ruinas de un antiguo castillo y las del hospital de Santa Cristina, famoso al haber sido considerado en el “Codex Calixtinus” como uno de los tres más importantes del mundo en esa época (año 1139) junto a los de Mont-Joux y Jerusalén. Tras pasar por el bellisimo circo de Rioseta y dejar a un lado la fortaleza de Coll de Ladrones, que parece inspirada en los templos griegos de Meteora, construída en el siglo XVI para evitar el contrabando, llegaremos a Canfranc (“Campo Franco”). Del viejo Canfranc queda poco tras el incendio sufrido en 1940; el nuevo, también denominado barrio de los Arañones, se enorgullece –y con razón- de acoger una de las estaciones de ferrocarril más bellas de España. Lamentablemente infrautilizada y en situación de semi-abandono (hay negociaciones en curso con el gobierno francés encaminadas a su reapertura), se trata de una construcción de estilo francés en la que ingeniería y arte armonizan perfectamente dentro de un marco natural inigualable. Entre los dos barrios de Canfranc, merece la pena detenerse a ver lo que queda del antiguo Castillo de Felipe II, así como el Torreón de Fusilería (1592), obra de Spanochi, autor también de la ciudadela de Jaca. En este torreón se puede ver permanentemente una exposición sobre el proyecto del tunel de Somport. Villanúa sitúa sus cascos urbanos nuevo y antiguo a ambos lados de la carretera y tiene una bonita iglesia y un puente medieval. Muy interesante la visita en esta localidad a la Cueva de las Guisas con impresionantes estancias y curiosas formaciones calcáreas. El pequeño núcleo urbano de Aruej, próximo a Villanúa puede sorprendernos con su sencilla iglesia románica. Castiello conserva restos de un antiguo castillo (como su propio nombre indica) y un templo románico con añadidos del siglo XVI. Jaca, final de etapa en este Camino de Santiago, es la bella ciudad de la que ya hemos hablado al principio. A pesar de tener un casco antiguo que ha sido muy maltratado, posee edificios históricos de primerisima categoría, como su  emblemática catedral (románica del siglo XI) el puente de Santiago de la misma época, y la Ciudadela, construida en tiempos de Felipe II, singular baluarte defensivo tan solo comparable a otro existente en Lieja (Bélgica).

Aunque suponga una cierta desviación del camino que venimos detallando, no puedo resistir la tentación de sugerir la visita a dos importantisimas y bellisimas ermitas románicas, distantes apenas una decena de kilómetros de éste. A Santa María de Iguacel, al final del frondoso valle de la Garcipollera por el que corren las aguas del río Ijuez, llegaríamos tras pasar por un rosario de pequeños pueblos abandonados como Bergosa, Bescós, Villanovilla, Acín o Larrosa, algunos de ellos en proceso e recuperación. La ermita de Santa Maria de Iguacel, en medio de una apacible pradera con merendero es una joya del románico carolingio. Para llegar a San Adrián de Sásabe, la otra ermita, que es en realidad la iglesia de un antiguo cenobio medieval a orillas del río Lubierre, tendríamos que pasar por los bonitos pueblos de Aratorés y Borau. Si queremos redondear este circuito, unos kilómetro más nos llevarán a Aísa que cuenta con una bonita iglesia del siglo XVIII y está situada a orillas del río Estarrún. Una caminata por el valle, contra corriente, parte puede salvarse en automóvil, nos llevará al maravilloso circo existente en la vertiente sur del pico Aspe.

Punto y aparte merece la visita a San Juan de la Peña, el más importante monasterio románico aragonés, panteón real y nobiliario, cuna de la reconquista del reino de Aragón. Construido en una gigantesca oquedad en la roca, frente al Pirineo, fue guardián durante siglos del Santo Grial. Aunque todo él es una joya, destaca sobremanera su maravilloso claustro del siglo XII que contiene una primorosa colección de capiteles historiados con escenas bíblicas. Merece la pena visitarse también, el nuevo monasterio del siglo XVII, algo más arriba, sobre una explanada boscosa. A San Juan de la Peña llegaremos tras pasar por Santa Cruz de la Serós con su majestuosa iglesia local y su ermita de San Caprasio, ambas románicas del siglo XI.

H querido centrar mi artículo en Jaca y en el valle del río Aragón, pero es cierto que Jaca es epicentro de una serie de rutas turísticas que –si no detallarlas- quiero, al menos, apuntar. Excursiones que apenas nos llevarían una jornada cada una, y que, sin embargo, pueden proporcionarnos la máxima satisfacción.

Al este podríamos internarnos en el valle de Tena para conocer Sallent de Gállego, Lanuza, Panticosa, su balneario y alguno de sus ibones. También al este podríamos dedicar otra jornada para conocer la multitud de pequeñas iglesias rurales románico-mozárabes que componen la que se ha venido en llamar “Ruta del Serrablo”.

Al oeste tenemos los valles de Hecho y Ansó, en cuya cabecera se encuentran los dos pueblos de nombre homónimo, verdaderas joyas de la arquitectura popular alto-aragonesa. A escasos kilómetros de Hecho está el singular monasterio de San Pedro (siglo XI) en el pueblo de Siresa y, si seguimos el ascenso por el mismo valle, atravesando lo angosto de “La Boca del Infierno”, llegaremos a los frondosos bosques que componen la Selva de Oza, lugar ideal para iniciar ascensos a los ibones de Estanés o Acherito, o contemplar el dolmen de Aguas Tuertas, o los restos de una calzada romana. Si el tiempo lo permite no dejen de ver, próximos al valle de Hecho y con entrada desde el mismo, los pueblos de Aragües del Puerto y Jasa, similares a Hecho y Ansó aunque de menos renombre.

Una última ruta recomendada, esta vez en dirección sur, nos llevaría al pueblo de Ayerbe con su excelente muestra de arquitectura civil aragonesa, como la torre e San Pedro (románica), el Palacio del Marqués (gótico) o la Torre del Reloj (barroca). Continuamos a Loarre, modelo perfecto de castillo medieval cuya monumentalidad se encuentra reforzada por su privilegiada ubicación. Muy próximo esta el pueblo de Bolea de imperdonable visita, aunque sólo sea para admirar la colegiata de Santa María, auténtica joya del gótico tardío que llama la atención por su excelente colección de retablos milagrosamente salvados de los desastres de nuestra última contienda civil. Aunque esta excursión tenga mucho de artística, también lo tiene de paisajística y pintoresca, pues para llegar a estos lugares, a la ida o a la vuelta, tendremos que pasar junto a los mallos de Riglos, bloques mastodónticos de  escarpes rocosos y verticales que desafían a los más arriesgados montañeros. Junto a ellos el río Gallego remansa sus aguas en el bellísimo pantano de La Peña para continuar luego con una serie de saltos y rápidos, habitualmente aprovechados por los amantes del “rafting”. Las panorámicas del río y los mallos desde Murillo de Gállego son realmente espectaculares.

Y como mi pretensión es que nadie se quede quieto en Jaca,  que saque el mayor provecho a sus vacaciones, voy a recomendar unas visitas sosegadas a museos para esos días que llueve, que nos hemos levantado tarde, que no sabemos que hacer, o -simplemente- que estamos cansados de haber viajado tanto o de haber realizado agotadoras subidas a la montaña: El Museo Diocesano de Jaca, instalado en el claustro de la catedral, reúne una de las más prestigiosas colecciones de arte románico de España, único por la cantidad y calidad de sus retablos. Se considera el segundo más importante de España tras el Museo de Arte Románico de Cataluña. El Museo de Miniaturas Militares, instalado en las dependencias de la Ciudadela de San Pedro, hará las delicias de los más pequeños. A escasos kilómetros de Jaca, Sabiñánigo nos ofrece su exquisito y bien ambientado Museo del Serrablo, etnológico, de artes y costumbres populares. Recientemente, en lo que fue su antiguo cuartel de la Guardia Civil, se ha instalado un excelente parque temático dedicado a los Pirineos, “Pirenarium”, que sorprenderá por igual tanto a niños como a mayores. No lejos de Sabiñánigo, en la entrada al valle de Acumuer, el Castillo-Museo de Larrés exhibe una impresionante colección de dibujos de  nuestros artistas más importantes. Si lo que les interesa es el arte actual, Jaca ofrece durante el verano, un excelente abanico de posibilidades para visitar exposiciones de primerísimos artistas que presentan en esta época sus obras, coincidiendo con la celebración del Festival Internacional Folklórico de los Pirineos.

¿Playa o montaña? Bueno, tengamos o no el dilema resuelto, Jaca es, como La Meca, ese lugar al que hay que ir, aunque sólo sea una vez en la vida; claro que es mucho mejor ir, como yo, todos los años.